Intensidad. Este es el sentimiento esencial con que un espectador sale de un concierto del cantante, guitarrista, organista y pianista Lucky Peterson. No es extraño, porque Peterson lleva a sus 41 años más horas de vuelo en los escenarios que nadie. A los 6 años ya había logrado colocar un éxito en las listas de venta de los Estados Unidos y se pasó la infancia compaginando los juegos de niños con la asistencia a los conciertos que su padre organizaba en su club de blues en Buffalo, por donde pasaron monstruos como Bill Doggett, Jimmy Reed y Muddy Waters. El blues es, pues, una herencia genética ineludible para este multiinstrumentista capaz de mezclar sus originales con clásicos de Sly Stone y Muddy Waters y con alguna excursión poco canóniga de la mano de Mick Jagger. Blues eléctrico, lleno de sabores y, sobre todo, poderoso como pocos.

